Reforma, reforma y reforma. 

 

Como mucha gente en España, cien veces he dudado sobre las funciones o la necesidad de mantener en funcionamiento administraciones como el Senado o las diputaciones.

En mi segundo libro, -Mucho por hacer-, planteo incluso el cierre de estas administraciones, considerándolas como innecesarias y “sustituibles” por un modelo más eficiente y menos despilfarrador.

Un tiempo después, un partido como Ciudadanos, hace esas mismas propuestas en lo que se refiere a las Diputaciones, y posteriormente el PSOE se suma a la idea.

Como es habitual, el resto de partidos, -en este caso el PP-, hace una valoración de dicha idea y explica los motivos por los que, en este caso, se opone a la supresión de las Diputaciones.

En primer lugar las considera como las administraciones que de forma más directa, facilitan y garantizan el acceso de zonas rurales a los servicios públicos. Es decir, que directa o indirectamente, son pieza fundamental para la supervivencia del medio rural y de los miles de pueblos pequeños que hay en nuestro país.

Entendemos por otro lado, que los servicios que actualmente ofrecen las Diputaciones, deben ser ofrecidos, bien sea por dichas administraciones o bien por las CC.AA., en caso de que fuesen suprimidas. Por tanto, el ahorro en lo referido al gasto sería bastante poco significante más allá de algún cargo político.

Por otro lado, hablando del Senado, también partidos como Ciudadanos han propuesto su supresión.

Si bien en un principio también estaba de acuerdo en esto, con el paso del tiempo y prestando un poco de atención a la labor realizada por esta cámara, tengo que decir que lo que realmente hace falta, no es su supresión como proponen algunos, sino su reforma integral. Insisto en “integral”. Reforma de arriba abajo. En primer lugar, para dotar a la Cámara Alta de más funciones y competencias que le permitan ser una verdadera cámara de representación territorial. Una vez esto sea así, una labor en la que el trabajo realizado por los Senadores, sea conocido y percibido por los ciudadanos. Lo mismo se puede decir del Congreso, para el cual también es necesaria una labor pedagógica para acabar con el descontento y rechazo general de los ciudadanos hacia la política -y los políticos-. Que veamos que realmente el objetivo es mejorar nuestro día a día. Al fin y al cabo, esa es la línea maestra de la política.

Sin más preámbulos, la administración necesita un repaso desde un nuevo prisma, adecuándolas a las nuevas necesidades. Necesita: reforma, reforma y reforma.

Hemos también de reconocer, que “algo se está moviendo”. Algo está cambiando cuando el otro día salía este titular en prensa: “Hasta 261 diputados renuncian a que el Congreso pague su ADSL y 51, a la tarjeta de taxis”.

Sigamos avanzando, pero sin olvidar una frase de Adolfo Suárez: “Quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciéndole pagar al país un precio muy caro”.

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