Cuestión de razones

Dijo Adenauer que “en política lo importante no es tener razón, sino que se la den a uno”.

Puede que en momentos complejos, lo sencillo sea quedarse sentado, viendo la complejidad desde la simplicidad, y siendo partícipes de nuestro propio autoengaño. 

Porque, ¿cuantas veces hemos oído aquello de que “no hay soluciones simples a problemas complejos”?

Momentos complejos como el actual, requieren de comportamientos responsables. Responsabilidad tal, que nos lleve a tomar decisiones incómodas pero necesarias. Porque desde la comodidad, rara vez seremos parte de la solución, sino más bien seremos parte del problema.

Ahí está la cuestión: ¿queremos hacer lo cómodo o lo correcto? 

Si optamos por lo cómodo, -sin importarnos el coste que esto suponga para la sociedad española-, sigamos como hasta ahora. 

Si por el contrario tratamos de hacer lo correcto, probablemente 2019 no pase a la Historia como el año en que se alcanzó el mayor grado de dependencia ante partidos nacionalistas, sino el año a partir del cual, los partidos nacionalistas dejaron de ser determinantes.

¿Qué queremos? ¿Queremos vivir herméticamente en nuestra propia y dudosa razón, o queremos hacer lo correcto y que nuestra razón sea veraz, reconocida y compartida?

Hace no mucho tiempo, tras meses y meses de gobierno del PP en funciones, los partidos trataban de repartir culpas para explicar su falta de responsabilidad y entendimiento, ante una sociedad que no daba crédito de lo que veía. 

Hoy vivimos esa misma situación con un gobierno en funciones del PSOE. Sin embargo, –y esto es lo preocupante-, la sociedad ya no asiste con demasiado asombro a lo que acontece. Tal vez, porque hace tiempo que las razones de la política –o mejor dicho, de algunos políticos-, han dejado de ser compartidas por la sociedad. Y no precisamente porque la sociedad se haya movido y haya cambiado de razones, sino porque en ocasiones, la política, cuando más responsabilidad se esperaba de quienes en ella operan, ha optado por la comodidad; sin importar el coste para la sociedad, y por tanto, viviendo herméticamente en su propia “dudosa razón”. Sorda y ciega ante su alejamiento de los ciudadanos.

En el momento en que las razones comiencen de nuevo a ser compartidas entre política y sociedad, –y sociedad no son exclusivamente ni afiliados, ni inscritos, ni acérrimos a unas siglas-, los ciudadanos recuperarán de nuevo la fe en la política. 

Hasta entonces, el creciente desapego debería ir aparejado de una creciente preocupación.

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