Traidores a sí mismos

Prefiero ser fiel a mí mismo, a riesgo de incurrir en el ridículo, en vez de ser falso, y de incurrir en mi propio aborrecimiento”, decía en el Siglo XIX el que fuera el primer candidato afroamericano a la vicepresidencia de los Estados Unidos, Frederik Douglas.

Y es que vivimos en tiempos tan líquidos donde el grito pesa más que la razón, en los que citas como la anterior recobran una importancia colosal y se traducen de una actualidad extraordinaria.

La militancia política se ha convertido, para muchos, no en la herramienta para la defensa férrea y solidaria de unas ideas, principios y valores, sino en una agencia de colocación donde a quien más alta alce la voz mayores premios y gratificaciones le corresponden.

Dentro de este cúmulo de visitadores de agencias, se encuentra una especie humana verdaderamente exótica, que son quienes ni siquiera destacan por no tener principios, sino que aún teniéndolos están dispuestos a renunciar a ellos con tal de ganar en aceptación social. Seres exóticos que se consuelan pensando que con tal de tener un mejor encaje en la sociedad en la que se mueven, es lícito y práctico pasar a un segundo plano los principios.

Estos seres, que en la práctica no son otra cosa sino traidores a sí mismos, es posible encontrarlos en muchos sitios, aunque donde abunda su frecuencia es allí donde el nacionalismo acapara la práctica totalidad de los estratos del poder y cuya “no confesión” con la tribu nacionalista te desplaza del plano de lo aceptado.

Así, por ejemplo, nos encontramos multitud de personas que con su indefinición y abstracción, -o mejor dicho con la renuncia a la defensa de sus principios-, participan por acción y omisión en el crecimiento de nacionalismos como el vasco o el catalán. Personas que no comparten ni misión ni visión ni valores, que con tal de permanecer en el carro de los “bien vistos”, se suman a las filas de partidos independentistas y nacionalistas, que lejos de defender los valores sobre los que se han construido los cimientos de la Unión Europea tras un periodo de guerras, defienden precisamente la confrontación y división que llevaron a los peores enfrentamientos en el viejo continente.

Los hay egoístas por ser nacionalistas, y los hay egoístas por querer simularse nacionalistas cuando lo único que buscan es su exclusivo bienestar, aun renunciando para ello a sus principios.

Hay quienes profesan otro tipo de nacionalismo, que calificarían a los anteriores como “traidores a la patria”, cuando en realidad son algo mucho más peligroso y profundo, que es ser traidores a sí mismos, incurriendo en su propio aborrecimiento, tal y como decía F. Douglas hace 200 años.

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